Pocos temas generan tanto interés como la creatividad. Nos lo recuerdan en la escuela, en el trabajo y en prácticamente cualquier ámbito de nuestra vida cotidiana. Acostumbramos asociarlo con una suerte de capacidad relacionada con el éxito. La creatividad parece ser un aspecto diferencial para sortear dificultades, para destacar por encima del resto y hasta para «pasarla bien», ya que cuando la ejercemos, disfrutamos.

La creatividad goza de «buena prensa», y parece que por buenos motivos. Pero ¿de qué se trata exactamente la creatividad? y, si es tan buena como parece, ¿qué podemos hacer para estimularla?.

La primera tarea es derribar el mito de que la creatividad es privilegio de algunos pocos afortunados. La creatividad es nada más y nada menos que una forma particular del procesamiento de la información, y contra lo que algunos puedan pensar, es un proceso universal. De hecho, si entendemos la creatividad como el proceso asociativo en el que ciertos elementos se combinan originando un resultado novedoso o bien, cuando se produce una interpretación diferente frente a un estímulo ya conocido, podríamos aplicar la creatividad a varios procesos biológicos o evolutivos en general. En el ser humano (y algunas especies), sin embargo, los procesos creativos pueden ser autopercibidos a través de la conciencia, ¡y es este fenómeno perceptivo lo que lo cambia todo!

 

El Proceso Creador

Involucra todas las dimensiones de la subjetividad, personalidad y comportamiento: la emocional, la cognitiva y la conductual. Es importante recordar que estas dimensiones se desarrollan evolutivamente sobre las capacidades de las anteriores, integrándose entre sí. Sin embargo, debemos tener en cuenta que la dimensión emocional funciona de asiento para la esfera cognitiva y la conductual y que, por defecto, tanto los pensamientos como las acciones van a estar determinadas por aspectos emocionales, que en gran medida, son de base latente e inconsciente.

Utilizamos procesos creativos desde que venimos al mundo, antes de la presencia del lenguaje (prosódico), por eso la creatividad (o el proceso de asociación creativa) toma el cuerpo, sus capacidades motrices y sensoriales, luego esas impresiones comienzan a establecer conexiones, y acabamos por proyectarlas a los objetos de nuestro entorno, y gradualmente a medida que adquirimos el lenguaje, la creatividad toma la palabra a la vez que la expresamos también a través de ella.
La creatividad, entonces, no es sino otro medio en el que expresamos nuestra inteligencia y va más allá del «pensamiento creativo». Desde que nacemos estamos estableciendo asociaciones entre los elementos que percibimos, acomodando y asimilando toda información relevante. Con estas relaciones específicas y parciales formamos conjuntos más complejos, que se transforman cualitativamente. 

 

El todo es más que la suma de las partes

La suma de las partes se vuelve algo nuevo que supera la parcialidad de los elementos que congregan. Es como si hiciéramos una nueva prenda de ropa utilizando retales. Lo que no pueden por separado los trozos de tela, lo logra la articulación funcional en una prenda que sí puede cumplir el objetivo de vestir o abrigar.

Pero la creatividad no solo puede resolver potencialmente una necesidad, su principal función psicológica y psicosocial no está ligada con la consecución de un fin concreto sino con la fundamental expresión de las capacidades emocionales (lo que sentimos), las cognitivas (lo que pensamos) y los conductuales (lo que hacemos). Por ello mismo, es un proceso complejo, porque su activación depende de todas estas (y otras) variables. Por ejemplo, la lectura de un libro va a activar la evocación de imágenes a medida que leemos, impulsa la imaginación y la representación simbólica de la información recibida, y va a estar condicionada por la conexión afectiva, intelectual o kinestésica que en cada persona tenga la posibilidad de estimular.

Advertimos siempre que antes de preocuparse por la creatividad, conviene ocuparse de la comunicación.
Y esto porque una buena comunicación nos permitirá establecer condiciones para un mejor desarrollo de la creatividad. Si bien la creatividad es un factor del que disponemos constitutivamente, como decíamos antes, no todos gestionamos la creatividad del mismo modo. Y eso está relacionado con la forma en que establecemos la comunicación, tanto la interna como la que hacemos hacia el mundo externo.

Una de las cuestiones esenciales es por lo tanto analizar especialmente la comunicación interna, la que hacemos con nosotros mismos, y qué tipo de comunicación estamos efectuando, es decir qué tan eficaz
La hipótesis es que para producir mejoras significativas en los procesos comunicativos, internos o externos, podemos utilizar lo que denominamos bajo el término «terceridad». ¿Qué quiere decir? ¿A qué hacemos referencia con esto? En la inmensa mayoría de las relaciones que efectuamos con los demás, los contenidos que comunicamos son en gran medida pasados por alto, ya sea porque se naturalizan o están culturizados, en términos de oposición dialéctica. Es decir hay un sujeto y un objeto y un proceso de comunicación bidireccional entre ellos. La cuestión es que nosotros funcionamos categorizando el mundo externo desde el mundo interno (y viceversa), pero lo hacemos en términos de respuesta o reacción. Y aunque esto representa una economía necesaria y socialmente sostenida en los procesos, también se establece a partir de una lógica psíquica y psicosocial de base inconsciente. El inconsciente inserta un código metalingüístico (más allá de las palabras) y/o lingüístico que resignifica profundamente lo que se dice o se actúa. 

Pero más allá de esta profundidad inconsciente, al incorporar la terceridad, podemos avanzar entre la situación de enroque entre una postura A y una postura B ante la que reaccionamos.
La posición de la terceridad nos permite viajar -en mayor medida- a un punto de vista diferenciado, no solo de lo observado, sino también de nuestra propia observación. 

Por ejemplo, los espacios terapéuticos, de meditación, o de autoobservación, incorporan un lugar de terceridad, donde nos permitimos autoevaluarnos y tratarnos -en cierta medida- como objetos, aumentando nuestra capacidad de análisis, trascendiendo el lugar de mera reacción.

A partir de la terceridad, tenemos más oportunidad para poner en evidencia el contenido, especialmente el latente que, como sabemos, es determinante en nuestro comportamiento, personalidad y conducta.   

La terceridad aumenta así la capacidad de autopercepción consciente sobre lo que nos sucede con lo que sucede, disparando exponencialmente nuestra creatividad, o volviendo la creatividad ya disponible, en creatividad altamente significativa (o consciente).

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