Contamos -cada vez que hay oportunidad- que nuestra forma de ser («personalidad») y nuestra forma de hacer («comportamiento») es el resultado de cómo nuestro universo de emociones, pensamientos y acciones ha respondido a las circunstancias, y cómo esas respuestas quedan fijadas para futuras experiencias.

Así, nuestra historia se conforma de caminos posibles que se han forjado y han hecho «surco», frente a otras experiencias, menos transitadas y frecuentadas que se han dejado a un lado. 

 Nuestro funcionamiento cerebral está lleno de estas «rutas preferidas» para sentir, pensar y hacer determinadas cosas de forma automática y repetitiva, en la mayoría de las situaciones ante las que nos enfrentamos. Estas formas conocidas son lo que llamamos «hábitos». Por ello mismo, muchas veces no somos siquiera conscientes de que están allí.

 La palabra «hábito» tiene dos significados muy útiles en nuestro análisis: sirve para designar atuendos (especialmente el que usan los clérigos y monjas) y nos ayuda a pensar en el hábito como un ropaje que viene a cubrir o a vestir nuestra personalidad. Es la parte externa, visible y cotidiana en la que «mostramos» quiénes somos y qué hacemos, seamos o no conscientes de ello.

 Otra operación semántica es comparar «hábito» y «hábitat», que provienen de la misma raíz. Si pensáramos en nuestra personalidad como nuestra particular casa, la forma en cómo la presentamos, la «vestimos» y la decoramos, que muebles y artefactos tiene, eso podrían representar los hábitos. De la misma forma que la decoración de una casa expresa el alma y la realidad de los que viven en ella, los hábitos cuentan quienes somos.

 Más allá de estas ideas para la reflexión, ubicamos los hábitos en el ámbito de lo que no es familiar, repetido, habitual. El problema con los hábitos es que, por lo que explicamos antes, están fuertemente arraigados en nuestra personalidad. Muchas veces nuestra propia forma de ser se confunde con aquello que hacemos.

La dificultad para cambiar los hábitos está explicada por la ganancia emocional, cognitiva y conductual que obtenemos al emplearlos. Incluso aquellos hábitos indeseables que queremos cambiar, actúan de ese modo.

Esto se ve muy claramente en el caso de las adicciones o en las obsesiones donde el hábito tiene un poder absoluto, se impone y no puede ser evitado.

Como los hábitos representan la forma en la que nos expresamos y resolvemos las cuestiones cotidianas, no interesa saber no sólo por qué están ahí (cosa que hemos intentado explicar de forma muy resumida) sino cómo podemos cambiarlo. 

El lector ya habrá tomado nota del porqué de su dificultad, pero ¿puede eliminarse un hábito o no?

La respuesta es clara: dado que los hábitos son formas de resolver una necesidad, deberíamos hablar de un reemplazo o cambio de hábitos, más que de eliminarlos. Las necesidades (psicológicas y psicosociales) siguen estando allí, lo que sí puede variar es la forma en que nos representamos esas necesidades y cómo respondemos a ellas.

Los hábitos no se eliminan, en todo caso, podemos reemplazarlos por otros más deseables o saludables. Pero para hacerlo con garantías de éxito y perdurabilidad, necesitamos quebrar el sistema de ganancias que el hábito expresa.

 Y aquí tenemos otro dato fundamental para la modificación de los hábitos: las experiencias.

No se trata tanto de generar nuevos hábitos, sino nuevas experiencias y estímulos para modificar las rutas de comportamiento ya establecidas. Detengámonos aquí: los hábitos son primeramente un resultado antes de poder oficiar como una causa de nuestro comportamiento.

Lo que fundamenta un hábito es la experiencia (emocional, cognitiva y conductual) que lo estableció. Si no producimos nuevas experiencias en las esferas del sentir, pensar y hacer, no podremos reemplazarlos.

Por eso, los microhábitos pueden ser una técnica efectiva para realizar procesos de transformación personal de personas y grupos.

 

MICROHABITOS

Microhábitos hace referencia a esquemas de comportamiento breves y sencillos que permiten experimentar unas percepciones y conductas, reduciéndolas en unidades más manejables y operativas para las personas.

Tal como proponía Vigotsky con su zona de desarrollo próximo para explicar los procesos de aprendizaje, los microhábitos establecen pequeñas acciones, fácilmente accesibles y realizables, que permiten experimentar una percepción efectiva sobre el logro de una tarea, venciendo las resistencias que aparecerían de otro modo. 

 Los microhábitos permiten sortear las resistencias de los individuos. Su resultado (generalmente positivo), permite a muchas personas crear la satisfacción necesaria para continuar desarrollando cambios sostenidos y reemplazar las gratificaciones y las ganancias obtenidas con las nuevas formas o la recuperación de anteriores «rutas» comportamentales, más orientadas al bienestar general.

 Al sostener estas sencillas actividades durante cierto tiempo, las nuevas experiencias se vuelven más satisfactorias que las anteriores, y el nuevo hábito -más saludable- puede consolidarse y se «naturaliza».

 Las experiencias nuevas tienen la capacidad de crear estimulaciones novedosas para nuestro mundo emocional, poner a prueba nuestras creencias y nuestra forma habitual de hacer las cosas.

 Pequeñas acciones enfrentan menores dificultades y resistencias. Aunque una experiencia -a menos que haya sido muy impactante o emocionalmente significativa- no suele ser suficiente para establecer nuevos hábitos. La repetición de estos estímulos -sin embargo- ayuda a crear condiciones que al ser repetidas, van consolidando y dándonos más experiencias para modificar ciertos hábitos.

 Nuevos microhabitos permiten el registro de nuevas vivencias, con las emociones, pensamientos y acciones implicados capaces de establecer nuevos caminos comportamentales, más saludables. Aunque no en todos los casos funcionan, podemos implementarlos nosotros mismos o a través de ayuda profesional.

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